Conferencia Prof. Psic. Víctor A. Giorgi

NIÑOS, ADOLESCENTES  ENTRE DOS SIGLOS 

Algunas reflexiones acerca del escenario de nuestras prácticas educativas

                                                

Vivimos una época caracterizada por profundos y acelerados cambios a nivel de la sociedad y la cultura. Transformaciones de valores y modelos, de pautas de comportamiento de la economía del mundo del trabajo, de los contratos que hasta ahora regulan la convivencia social y del propio papel del Estado entre otras configuran un escenario marcado por la inestabilidad, la impredecibilidad y la incertidumbre. 

Las representaciones sociales de la niñez y la adolescencia, los comportamientos y significados que a partir de ellos se producen, no son ajenas a esas transformaciones. 

La forma en que una cultura percibe sus niños y adolescentes, las asignaciones y encargos que produce entorno a ellos, los ideales, utopías y temores que expresa reflejan lo que acontece al interior de esa cultura, la forma en que ella se proyecta hacia el futuro y, a su vez; son productores de subjetividad y de políticas. 

De subjetividad en tanto determinan sensibilidades formas de sentir, pensar y actuar así como de producir y adjudicar significados a los comportamientos y actitudes que se observan en los diversos espacios sociales. 

Políticas porque es precisamente desde esas sensibilidades y desde esas matrices de interpretaciones que las sociedades adjudican lugares, interpretan necesidades, las jerarquizan y prescriben a ciertas instituciones responsabilidades y cometidos definiendo lineamientos para lo que implícita o explícitamente conforman las “ políticas de niñez ”. 

En dichas políticas incluimos una macropolítica que se expresa a nivel del Estado, los decisores políticos y los portavoces de los diversos grupos de opinión; y una micropolítica cuyos escenarios son la familia, los grupos y las instituciones donde transcurre la vida cotidiana de las personas reales y concretas. Esta micropolítica se expresa en forma silenciosa pero eficiente a través de practicas y enunciados que circulan en espacios privados y que toman formas concretas y tangibles a través de experiencias interpersonales que moldean la subjetividad. Es allí, en esos espacios y en esas practicas donde los Psicólogos, Educadores; y Trabajadores Sociales tenemos mayor presencia, injerencia y responsabilidad. 

Este doble registro político y subjetivo y sus interacciones nos lleva a afirmar la existencia de una subjetividad de la política – sensibilidades, predisposiciones, valores, modelos – y una política de la subjetividad: socialización, disciplinamientos,  producción de opinión y todo aquello que apunta a generar formas de sentir, pensar y actuar de las personas funcionales a un cierto proyecto político – social. 

En este articulo me propongo compartir con el lector algunas reflexiones sobre la representación social del niño y del adolescente así como del lugar que se les adjudica en esta cultura de fin - comienzo de siglo y milenio.

 Para esto intentaré identificar un conjunto de " líneas de fuerza " que atraviesen el campo de problemáticas relativas a la niñez - adolescencia condicionando el posicionamiento de los diversos actores, disparando subjetividades e induciendo comportamientos, actitudes y políticas que determinan las condiciones de desarrollo de nuestras prácticas.

 INTRODUCCIÓN - PLANTEO   DEL PROBLEMA

 Las características propias del infante humano hacen que su desarrollo se inicie con un largo período de indefención y dependencia. Sobre esta particularidad que nos diferencia del resto de las especies las culturas producen significados, adjudican lugares, interpretan necesidades, las jerarquizan y prescriben a ciertas instituciones responsabilidades y cometidos.

 Surgen así las categorías de niñez y adolescencia como constructos culturales y nociones como las de amparo, tutela, protección, disciplinamiento rehabilitación que traslucen, más allá de los discursos en que se inscriben una preocupación por la producción de sujetos funcionales a los proyectos sociales dominantes en cada sociedad y en cada período histórico.

Junto con ellos se crean instituciones encargadas de dichas funciones: la familia, las instituciones educativas, las de salud, de amparo, de rehabilitación. 

Nuestra cultura - Uruguay siglo XX - ubica al niño en dos espacios sociales específicos: la familia y la escuela. Cuando estas no logran cumplir con las funciones socialmente asignadas, y muy especialmente con las relativas al control, se configura la llamada: "situación irregular" que legitima la intervención directa del Estado instituyendo una división al interior de la niñez.

 Surge así la minoridad como objeto de políticas e intervenciones diferenciales en relación al conjunto de la infancia.

 Durante todo el siglo XX estas políticas han estado marcadas por la tensión entre tendencias integradoras - que enfatizan los derechos del menor proponiéndose, la integración social y el pleno desarrollo personal como objetivos últimos - y  tendencias represivas o punitivas caracterizadas por el énfasis en la función de "control o preservación de la armonía social" ( Portillo, 1988).

 Ambas vertientes coexisten a lo largo del siglo configurando una suerte de "doble discurso" que impregna las instituciones efectoras de las políticas de minoridad. Las modalidades de intervención que se adoptan en cada caso - asistencial o correcional - obedecen más a aspectos ideológicos, doctrinales y políticos que a las posibilidades de establecer situaciones diferenciales en relación a las singuralidades de cada menor en situación de desamparo.

 Quedan así instituidas dos imágenes diferenciales de la niñez que coexisten en nuestro universo cultural: la del niño, sujeto en desarrollo, con potencial de futuro, con derecho a la protección y al disfrute de su infancia, que debe ser preservado de los problemas propios del mundo adulto, al que se apuesta como futuro ciudadano; y la del "menor" representante y portavoz de una problemática social, potencial transgresor, amenazante del cual la sociedad debe protegerse - sobreviene así la penalización del desamparo y su legitimación social.

 Si bien en las últimas décadas desde esferas técnicas y políticas prevalece propuestas proteccionistas e integradoras los discursos han demostrado una mayor plasticidad que las "lógicas prácticas". Estas últimas, han mantenido una presencia variable pero continua de las concepciones más controladoras y punitivas al interior de las instituciones efectoras de las políticas referentes a la minoridad.

 EL NUEVO ESCENARIO 

La época que vivimos se caracteriza por  profundos y acelerados cambios a nivel de la sociedad y la cultura, transformaciones de valores y modelos, de pautas de comportamiento, de la economía, del mundo del trabajo, de los contratos que hasta ahora regularon la convivencia social y del papel del Estado entre otros.

 Ante esta transformación de la cultura y de la vida nos preguntamos ¿ cuales son los ejes que definen la concepción de la niñez en esta cultura de fin - comienzo de milenio ?

 Problematizar este aspecto nos parece fundamental al momento de comprender las contradicciones entre los diversos discursos que hacen al tema y la forma en que estos intervienen en las definiciones  institucionales y en nuestra forma de posicionarnos ante los sujetos con que desarrollamos nuestras prácticas.

 Procuraré caracterizar "líneas de fuerza" que atraviesen el campo de problemáticas relativas a la niñez determinando el escenario social en que se inscriben dichas prácticas.

 Para eso partiré de 3 "ideas de fuerza" que operan a modo de guía en nuestro análisis:

1)      La concepción de la niñez está en permanente construcción - deconstrucción. Esto ocurre en la intersección
         de múltiples discursos, puntos de vista y miradas que enfatizan diferentes facetas del fenómeno disparando
         subjetividades e induciendo a acciones de diferente signo ante las problemáticas emergentes.

    2)        Estos discursos y miradas presentan concordancias y divergencias configurando un escenario complejo y
       contradictorio caracterizado por fuertes interferencias al momento de definir y poner en práctica políticas y acciones a
       distinto nivel. Esto atraviesa desde las decisiones políticas hasta los operadores de campo pasando por todos los
       niveles intermedios.
 

   3)       Esta situación - donde predominan los dobles discursos - incide a nivel de los operadores y sus equipos generando
      desgaste, paralización, sentimientos de impotencia que recurren sobre su capacidad de trabajo comprometiendo tanto
      la calidad de su trabajo como la propia salud de los implicados. Pero, paradojalmente en este escenario se generan
      fisuras en las cuales es factible desarrollar planteos alternativos poniendo en juego la creatividad y la capacidad de
      invención de técnicos y usuarios.

 Señalaré ahora los 6 flujos o vectores que operan como "líneas de fuerza" concurrentes y/o divergentes al momento de definir políticas y acciones en el campo de la infancia: 

  1. Los criterios emanados de la CONVENCIÓN SOBRE LOS DERECHOS DEL NIÑO proporcionan un marco de referencia para las políticas de infancia. Consagran al niño como "sujeto de derecho" ubicando en esta categoría las necesidades esenciales para desarrollarse como persona. El "interés  superior del niño" queda instituido como referente primordial al momento de tomar decisiones en relación a él. La convención si opera como referente del trabajo con niños y adolescentes, deja planteado el desafío de construir respuestas concretas a partir de sus enunciados.

           El texto de la Convención - hecho Ley en los países firmantes - explícita la responsabilidad última del Estado como
           garante de dichos derechos.
 

Si bien enfatiza el papel  de la familia como el espacio primordial del niño y la responsabilidad de esta en relación a sus derechos, cuando la familia no esta en condiciones de garantizarlos el Estado debe intervenir ya sea apoyando a esta o en última instancia haciéndose cargo en forma directa de la protección y atención de las necesidades del niño.

En ningún caso el Estado queda eximido de responsabilidades. 

  1.  En contraposición al planteo de la Convención nuestra cultura asiste a lo que podríamos denominar PROCESO DE
     DEROGACIÓN DE LA INFANCIA
    .

La modernidad se caracterizó por ubicar al niño en un "espacio social protegido" manteniéndolo al margen de problemáticas consideradas privativas de los adultos tales como los temas económicos, la competencia social, la sexualidad, la violencia. 

Actualmente el niño es instrumento y sujeto de consumo - se lo utiliza en la publicidad y es a la vez blanco de ella. En una economía que ya no gira entorno a la producción sino a la comercialización y al consumo, niños y adolescentes juegan un papel central. 

Los proyectos educativos tienden a dejar de lado el desarrollo integral de la personalidad para jerarquizar la adquisición de habilidades que lo instrumenten para una sociedad fuertemente competitiva. El "mundo infantil" es invadido por el consumismo y la violencia simbólica propia de una cultura que, como los pueblos guerreros de la antigüedad prepara a sus niños para una guerra por la sobrevivencia con la permanente amenaza del fantasma de la exclusión. 

  La llamada adolescentización de la sociedad conlleva la erotización de la infancia. La prostitución infantil, el empleo
  de niños y niñas en la producción de material pornográfico que circula en sectores de alto poder adquisitivo son “
  síntomas ”de una tendencia global de nuestra cultura en que niños y niñas se ofrecen como “ objeto sexual ” en el
   marco de una sexualidad equiparada a“ objeto de consumo”.

La "moratoria" que clásicamente puso a niños y adolescentes por fuera de estas temáticas parece haber dejado de operar como acuerdo social. 

En el otro sector de niños - los menores, los pertenecientes a sectores con tendencia a la exclusión observamos pura y llanamente la negación de la niñez - deben procurar tempranamente su subsistencia, incluirse en un mundo adulto. Desde la opinión pública muchas veces se les adjudican y exigen responsabilidades adultas. No son adultos para adquirir derechos de tal sino sólo para perder los que en tanto niños les corresponden. 

  1.  Un tercer aspecto es la CRISIS EN LA FUNCIÓN DE PROTECCIÓN Y CUIDADO que vive nuestra cultura.

La comprensión de este aspecto requiere de cierta historización.

En las sociedades preindustriales la familia extensa constituía un espacio donde se conjugaban diversas funciones relativas a los niños: cuidados, protección, educación, salud e incluso la iniciación laboral especialmente en las tareas rurales. Familias numerosas, con convivencia multigeneracional y "mano de obra disponible" para cuidar a aquel que lo necesitaba. 

Con la industrialización estas redes se destruyen  - sobreviene la urbanización y las migraciones de adultos jóvenes imponiéndose la llamada "familia nuclear" como modelo. Esta reducción de la familia, unida al ingreso de la mujer a la actividad laboral extra hogareña genera nuevos problemas y necesidades relativas al cuidado del niño, de los enfermos, de los ancianos. 

Surgen así las instituciones "educativas", las de "amparo", los jardines maternales, los orfelinatos toda una gama de dispositivos que gradualmente irán formando parte de la denominada "seguridad social" como parte del Estado Moderno. 

Si bien existieron instituciones no estatales tales como "cajas de auxilio", "guarderías solidarias", "asociaciones de mutuo socorro " en su mayoría organizados sobre la matriz religiosa o sindical, el Estado operó como modelo  y referente organizador de los usos y costumbres de estas instituciones. 

Actualmente con la crisis de la Modernidad asistimos a una tercera fase de este proceso. La familia nuclear entra en crisis. Las relaciones de pareja adquieren nuevas modalidades. En Montevideo sólo 1/3 de los hogares corresponden al modelo de hijos conviviendo con ambos progenitores ( Filgueiras, 1997).  

Las transformaciones de los roles de género se profundizan y las tareas clásicamente adjudicadas a la mujer pasan a ser redistribuídas en base a una renegociación singular de cada pareja cuyo resultado no siempre lleva a que estos quehaceres sean realizados con el compromiso, regularidad y valoración con que tradicionalmente se hicieron. En muchos casos se produce una suerte de tercerización de tareas relativas a la atención de los niños contratando servicios o mano de obra de menor calificación.

A esto debemos sumar las transformaciones en el "mundo del trabajo" que, entre otras cosas determina: 

-     inestabilidad en las modalidades contractuales, horarios de trabajo, régimen de días libres que afecta la organización y la dinámica cotidiana de las familias. 

-     debilitamiento de la organización sindical con la consiguiente desaparición de las respuestas solidarias a los problemas de atención a los niños. 

Esto incide en los hábitos de crianza y en la conformación de la personalidad del niño.

Paralelamente se replantea el papel del Estado en relación a estos servicios. El cuestionamiento de la eficacia estatal en la atención a las necesidades de los sectores más vulnerables relacionados a: burocratización, centralismo, falta de plasticidad para dar respuestas adaptadas a las singularidades, despersonalización de la relación con los usuarios y - principalmente - altos costos en el plano financiero llevan al repliegue de la presencia estatal y de la inversión en políticas sociales.

El Estado debe reformarse, reducirse y esto implica devolver a la familia y a la sociedad civil las funciones que durante el proceso de modernización había asumido. No obstante encuentra estructuras familiares frágiles, redes sociales empobrecidas, mecanismos solidarios desgastados que no están en condiciones de reabsorber estos encargos. 

Quienes trabajamos con niños de diferentes sectores sociales nos enfrentamos diariamente a situaciones donde no logramos establecer las alianzas de trabajo con los adultos de referencia que se hacen necesarios para sostener nuestras intervenciones. Niños que permanecen largas horas solos, adultos con los cuales no comparten prácticamente actividades familiares, situaciones de pseudo autonomía de niños y adolescentes que denuncian la fragilidad del tejido social de referencia, configuran situaciones de vulnerabilidad y desamparo unas veces enmascarado, otras francamente evidentes que llevan a depositar en el educador o el operador social cualquiera sea su perfil profesional demandas masivas que desbordan su capacidad de respuesta.  

Trabajando con niños y adolescentes muchas veces hemos experimentado la fantasía de “ adoptar ” a nuestros pacientes. Esto puede pensarse como una respuesta transferencial ( transferencia del analista ) al sentimiento de  orfandad  y desamparo que nos transmiten estos niños. Cabe aclarar que esto se da en todo los sectores sociales, incluso en aquellos cuyo poder adquisitivo le permite acceder a la atención psicológica en el ámbito privado.  

Esto es lo que llamamos CRISIS EN LA FUNCIÓN DE PROTECCIÓN - CUIDADO. 

4.      Otro aspecto insoslayable es la creciente tendencia a la EXCLUSIÓN SOCIAL que amenaza importantes
         sectores de la población, muy especialmente aquellos a que pertenecen la mayor parte de los niños y
         jóvenes. Entendemos la exclusión como proceso de adjudicación – asunción donde las interacciones
         sociales de un sujeto o grupo van quedando gradualmente reducidas a los de su misma condición. Se llega
         así a un punto de “ no retorno ” en el cuál las personas ven fuertemente reducidas  sus interacciones
         situación que empobrece su acceso a modelos identificatorios socialmente valorados limitándolos a aquellos
         que habitan espacios sociales estigmatizados.
 

 La situación que se vive a nivel del mundo del trabajo con fuerte tendencia al desempleo y a la informalización
 determina inserciones frágiles con riesgo de exclusión.

 La deserción del sistema educativo es otro componente de este escenario caracterizado por el incremento de la
 brecha social a partir de la cual un importante número de jóvenes ven seriamente limitadas sus posibilidades de
 desarrollo personal configurando una clara situación de violencia estructural que, a su vez induce a otras violencias.

         5.       Un quinto elemento determinante en este escenario es el discurso economicista que enfatiza la necesidad de
                    reducción del gasto público, el achique del Estado y la retracción de la inversión en políticas sociales  

 Las propuestas de desinstitucionalización tanto en el ámbito de la niñez como en la salud se pervierten al tomarse
 como justificación o pantalla de medidas que en realidad obedecen a lógicas económicas. 

La desinstitucionalización al no acompañarse de la inversión en medidas alternativas y el montaje de las redes de servicios que posibiliten la mantención del sujeto en la comunidad tiene un alto porcentaje de fracazos enfrentando al técnico a una situación de impotencia ante las demandas y situaciones que debe resolver.

Esto deteriora la confiabilidad social en estas propuestas favoreciendo el retorno a concepciones represivas y segregacionistas.

         6.      En sexto y último término: la AUSENCIA DE UN PROYECTO SOCIAL DE REFERENCIA unido a la CRISIS DE
                  MODELOS
y la no consolidación de alternativas.

  Todo proyecto educativo incluye un modelo de hombre y de mujer y un proyecto social dentro del cual tome sentido.
  A su vez la elaboración de proyectos personales  requiere el sostén de un proyecto social que lo haga compartible y
   viable para trascender el nivel del mero deseo personal.

 La interrogante que Reina Reyes se planteaba décadas atrás - ¿ Para que futuro educamos ? - resulta imposible de
 responder en estas condiciones.  

 En la sociedad actual coexisten diferentes modelos de compartimiento cuya predominancia es variable según los
 espacios sociales de referencia.

 Un ejemplo de esto son los modelos de género, cuando trabajamos con adolescentes ¿ desde qué modelo de ser
  hombre o mujer lo hacemos ? De los modelos predominantes en nuestro entorno ? del de su medio cultural ? cómo
 se posicionan las instituciones de que formamos parte ante estas opciones? Cuándo realizamos coordinaciones
  interinstitucionales ¿ nos damos el tiempo y el espacio para procesar estas diferencias? 

  En los momentos de ruptura de las tradiciones culturales los "mandatos identificatorios" a través de los cuales la
  cultura transmite a las nuevas generaciones un deber ser" se debilitan y el nuevo miembro de la sociedad carece de
  sostén y de modelos que apuntalen su proceso identitario.

        Surgen así los procesos de "desafiliación" (Castel) o de "no asignación" (Kaes) 

        Esto se debe a un doble proceso: 

·      La caducidad del modelo dentro del universo simbólico del grupo y el debilitamiento en la convicción de quienes deben transmitirlo en tanto ya no creen en él.

   ·       Simultáneamente a este proceso la "cultura global" a través de los medios de comunicación
           genera una sobreoferta de modelos mediaticos. Estos se caracterizan por:

                                    *   pertenecer a un universo simbólico cultural diferente al del sujeto  

                                    *  son modelos bidimencionales, imágenes de las cuales desconocemos aspectos centrales de su
                                        cotidianidad

                                    *  se caracterizan por resolver en forma ligera y banal los conflictos vitales . 

Estos "modelos enlatados" no enriquecen el proceso identitario sino que generan un "vacío por saturación", favorecen la adopción de pseudoidentidades donde los objetos devienen en iconos que ocultan  el vacío. Se consolida así la confusión entre ser y tener, mecanismo central en la subjetividad consumista.

CONCLUSIONES

La representación social de la niñez y la adolescencia que dominó nuestra cultura atraviesa un complejo proceso de deconstrucción - reconstrucción permanente, en un escenario conflictivo y contradictorio. 

Lo esencial de esta contradicción puede expresarse en la apertura de una brecha cada vez mayor entre el discurso de la Convención enfatizando al niño como "sujeto de derecho" que prevalece en medios técnicos y políticos y las posibilidades del Estado y la Sociedad Civil de garantizar esos derechos ante los crecientes niveles de violencia estructural. 

A su vez nuestros esquemas y referentes también se resquebrajan no visualizándose en lo inmediato alternativas claras.

Esta doble incertidumbre al tiempo que genera vacíos y vivencias de "desamparo teórico - técnico" en los propios operadores abre espacios a lo nuevo, a la invención, a la propuesta. 

¿Qué hacer ante esta realidad?  

Veamos algunas líneas posibles: 

1.    Asumir nuestra implicación como parte de un andamiaje institucional que carece de lineamientos estratégicos claros. Esto lleva a poner nuestras certezas "entre paréntesis" abriéndonos a las interrogantes que surgen desde la práctica,  así como las propuestas y sugerencias de los sujetos con que trabajamos.

Esta premisa tiene una vertiente metodológica ( participación de los usuarios, relación dialógica ) y otra ética  (respecto de los valores y opciones del otro aún en contradicción con los nuestros, "ética de la autonomía", renuncia al contrato narcisista según el cual los procesos son exitosos cuando el otro se parece más a nosotros).

                 2.     Propender a la articulación de recursos por encima de las separaciones impuestas por la    lógica organizativa
                       del Estado. La realidad concreta de la gente no admite fragmentaciones.

Los efectores del sistema educativo, de salud, del INAME, de las organizaciones comunitarias y los espacios informales deben complementarse y coordinar acciones. 

3.    Acercamiento a las realidades concretas de la gente y a su percepción sobre ella.

Descentralización geográfica - trabajar donde la gente vive y trabaja - administrativa - habilitar la toma de decisiones a nivel local e ideológica - pensar tomando en cuenta las realidades específicas y singulares de cada zona, barrio o comunidad. 

 4.   Participación de la comunidad en la búsqueda de soluciones y cogestión de los proyectos o programas
       apostando a desarrollar potencialidades y no a fomentar actitudes dependientes ( perceptiva emancipadora,
       desarrollo de la autonomía, empoderamiento)

                   5.  Abrir y preservar espacios de análisis colectivo de nuestras prácticas incluyendo éxitos y fracasos para
                        capitalizarlos en aprendizaje.

Incluir en estos ámbitos el análisis de nuestros propios sentimientos como forma de protegernos de la frustración y el desgaste.

A partir del análisis crítico de las políticas de que somos efectores ejercer nuestra propia  capacidad de propuesta.

 Por ultimo, tener siempre presente que la construcción del proyecto ético, político y educativo es siempre una tarea dialógica que toma sentido frente a un otro - destinatario en última instancia de nuestro accionar.