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Aportes para la reflexión |
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Segundo
Módulo 31 de mayo 2002 Hemos
de reflexionar sobre la conceptualización de la pobreza, especialmente en
relación a la convocatoria que nos plantea este módulo:
Hemos
de abrirnos a una dimensión simbolizante usando los términos en
sentido ampliado. Hemos
de construir una perspectiva abarcativa de los llamados “factores de
riesgo psicosocial” . Cuando
pensamos en carencias del “patrimonio básico” que se requiere para
construirse “persona”, todos nosotros sabemos que nos referimos a una
categoría más amplia que la que connota la dimensión textual[1].
Es
preciso desplegar el abanico de conflictividad posible, de lo contrario,
caeremos en la reiteración estigmatizante de señalar una vez más al
mismo grupo como “los pobres”. Recordemos
que existen otros pobres a la hora de pensar con inquietud en la
“pauperización progresiva” que viven nuestros niños y niñas.
Intentaremos puntar algunos nudos conceptuales:
La
naturaleza humana poco ha variado con los siglos en cuanto a los
requerimientos para el desarrollo, se necesitan tiempos de eficiencia
subjetivante, no de eficacia. El Dr. Ricardo Bernandi nos habló en el
módulo pasado de la necesidad del reconocimiento de la subjetividad como
pilar del proceso de mentalización. Esto
tiene que ver con el entramado ético, hoy se habla como uno de los
aspectos que definen la mentalidad postmoderna de la “Etica light” ,
esta es una ética pobre. Un
niño que ingresó a los 45 días de vida a un currículo ininterrumpido
de instituciones especializadas que se ocupan de su tiempo, es un socio
vitalicio de la tercerización y será muy pobre en “experiencias de
humanización”. Estas requieren de otro que en algún momento nos halla
reflejado como alguien único, maravilloso; en un contexto de aceptación
incondicional, esencial, sin exigencia de obtener logros para ser
reconocidos. Son
pobres a la hora de poner en juego recursos para neutralizar el malestar:
el acto de adquisición de objetos o servicios suele ser la única salida.
Son
también pobres, por supuesto, en la labor de sostenerse a sí mismos, de
auto-apaciguarse, de auto-entretenerse. La
patología psicosomática sería una posibilidad de salida convirtiendo el
“malestar” en lenguaje corporal. El sufrimiento psíquico se suele
encarnar y el cuerpo enferma. Ante la pobreza representacional el
escenario corporal queda como la posibilidad privilegiada de expresar el
dolor psíquico. Estos
otros “pobres” también están en situación de vulnerabilidad, de
riesgo psicosocial y/o de necesidades básicas insatisfechas, de quedar
excluidos de los derechos que proclama la Convención sobre los Derechos
del Niño. Necesitarán
buscar formas de salir de lo masificado para ser reconocidos. Son
pobres a la hora de resistir el embate del discurso globalizador.
Vulnerables a la hora de contactar con la necesidad de construir recursos
que otorguen sentimientos de visibilidad: la irrupción de lo
“escandalizante” suele ser vivido como una salida de urgencia. La
necesidad de ser “mirados”, de ser “dignos de crédito”, objeto de
los medios masivos de comunicación. Estos
“otros pobres” también tienen la experiencia de un trauma
acumulativo. Nuestra utopía pasaría por construir un mundo más ecológico a la hora de ofrecer condiciones para que se gesten procesos de humanización. Pensando en este contexto una vez más volvemos a la familia, como primer grupo, como institución primaria, continuador natural del proceso gestacional antes orgánico, ahora afectivo-cultural, aportando experiencias de contención que operaren como cimientos, capitalizando fortalezas, actuando como agente de promoción y prevención. [1] El 62 % de los niños viven y se desarrollan bajo la línea de pobreza (CEPAL, 1991), este número se acrecentaría si pensamos según esta concepción más abarcativa.
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