Los hijos invisibles del Estado:
consecuencias en la vida adulta de la tutela estatal


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Autor: Gustavo Ponce [1] 


INTRODUCCIÓN 

Si bien es esperable que un niño crezca y se desarrolle bajo el cuidado de sus padres, ello no le ocurre a la totalidad de los niños. En algunos casos, es el Estado quien intervine en el proceso de crianza de los niños, adoptado una función tutelar. Para que esta intervención se produzca, un cuerpo de “especialistas en las patologías de la infancia”(Jacques Donzelot, 1990), evalúa la situación del niño en su familia, confrontada con un modelo familiar deseable y decide si es necesario o no adoptar una medida tutelar. 

En el ejercicio de la función tutelar del Estado, los institutos de menores adquieren un rol estratégico en la medida que constituyen la instancia donde se escenificará la “sustitución de una familia deseable” en la crianza de los niños y adolescentes.

Actualmente, la internación de niños y adolescentes en instituciones minoriles, es una práctica tan cuestionada como frecuente.

Para acercarnos al tema, podemos caracterizar el debate actual sobre la internación de niños y adolescentes en sus dos posiciones: una primera, basada en los principios de la Convención sobre los Derechos del Niño, la cual sostiene que la internación de un niño es última medida a adoptar. Una segunda posición, -más silenciosa, menos expuesta a la opinión pública- que justifica la internación de niños en la escasez de recursos comunitarios para trabajar con la familia. Ambos enfoques se nutren en un debate previo: el de la “protección integral” vs. la doctrina de la “situación irregular”. El avance de la concepción de la protección integral, sin duda ha contribuido a instalar el tema de la niñez en la agenda publica, y a consolidar una nueva mirada en los temas de infancia. Pero pareciera ser que instalar una “revolución copernicana” (García Méndez, 1994) a nivel de las prácticas institucionales sobre la infancia implica un proceso extremadamente lento, el cual contiene una amplia zona de grises, en la que conviven paradigmas, prácticas y representaciones antagónicas.

Algunos autores denominan a este momento de transición como “esquizofrénico” (García Méndez, E. 1994 y Guemureman, S. y otros, 2001) debido a la convivencia de dos paradigmas antagónicos sobre la concepción de la niñez y la adolescencia, los cuales guardan un correlato con los marcos legislativos vigentes [2].

Frente a este proceso de transición en las acciones del Estado referente a la denominada “niñez en riesgo”, el presente estudio, se propuso contribuir al debate sobre cómo deberían adecuarse las prácticas institucionales a los principios de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Para ello, formulamos una pregunta tan sencilla como difícil de responder: nos propusimos conocer cuales son los efectos de la internación en institutos de menores en la vida adulta. Este es un aspecto poco explorado, sobre el cual existen mas certezas que análisis con sustento empírico.                        

De este modo, partimos de la siguiente premisa: conocer la experiencia de la internación desde las voces de aquellos que fueron internados, y sus consecuencias en la vida adulta, debería iluminar aspectos poco explorados de las funciones tutelares del Estado, y contribuir al debate de la transformación de los institutos minoriles en instituciones democráticas acordes a las necesidades de los niños y adolescentes. 

El texto que sigue a continuación está organizado en tres grandes capítulos: el primero es una caracterización de la vida familiar previa a la internación, el segundo describe desde la perspectiva de los sujetos la vida en las instituciones minoriles y un ultimo capitulo sobre la situación actual de los sujetos. Se concluye con una síntesis de los principales resultados y consideraciones finales.    

Por último, cabe destacar que la realización del estudio demandó un año de intenso trabajo, y constituye el resultado del esfuerzo de mucha gente, a todos ellos mi agradecimiento y en especial a Laura Golbert, Gabriel Kessler y Ariana Vachieri, por su paciencia y generosidad intelectual. 

Consideraciones metodológicas                        

El propósito de este estudio consistió en conocer en un grupo de sujetos las consecuencias en la vida adulta del pasaje por instituciones tutelares durante su infancia y adolescencia. En particular, se intentó detectar los factores que durante dicho pasaje pudieran haber contribuido tanto a una integración social exitosa como aquellos que incidieron negativamente. 

El carácter del estudio fue exploratorio, y la metodología utilizada, cualitativa. El principal instrumento de recolección de datos primarios fue la entrevista semidirigida, y las mismas se realizaron en el primer semestre del 2001, según las guías de pautas elaboradas para tal fin. 

Para cumplir con los objetivos del estudio, partimos de una premisa: dar por válida la re-construcción del pasado desde el relato de los sujetos. Para ello se les propuso a los entrevistados profundizar en tres grandes tópicos: a) la vida familiar previa a la internación, b) su pasaje por las instituciones tutelares y c) su vida actual. 

El universo de la muestra estuvo constituido por 28 casos, de los cuales 16 fueron hombres y 12 mujeres. Todos ellos fueron adultos de una edad promedio de 28 años, que han tenido al menos una experiencia de internación en instituciones tutelares (debido a causas penales y/o asistenciales), en el período comprendido entre los años 1970 y 1990.[3] La muestra fue de tipo finalística, es decir, el criterio de conformación de la muestra no fue probabilístico sino intencional, por ello se seleccionaron casos que variaron en características consideradas relevantes para responder a los interrogantes planteados (Gallart, M. A. 1992). La unidad de análisis del estudio fueron los sujetos entrevistados que transitaron por instituciones minoriles. La totalidad de las entrevistas fueron grabadas y desgrabadas. 

La conformación de la muestra según edad, sexo y tipo de causa se observa en la siguiente tabla. 

Tipo de causa

Varones

Mujeres

Total

Penales

8

5

13

Asistenciales

6

7

13

Asistenciales y penales

2

0

2

Total

16

12

28

  

Del total de la muestra, seleccionamos 17 casos a los cuales se les tomó una segunda entrevista -en total se tomaron 45 entrevistas en profundidad para conformar la muestra-, con el fin de ampliar los temas vinculados a las transiciones mas relevantes en la trayectoria institucional de los sujetos. Entre otros aspectos, se puso especial interés en los momentos de clivaje de la trayectoria de los sujetos: el pasaje de la casa a la calle, el momento en que ya no regresa a dormir a su casa, el pasaje a una familia extensa, el ingreso en la institución minoril, el pasaje de una institución minoril a otra, fugas, el egreso, entre otros aspectos. 

Para seleccionar el tipo de instituciones minoriles, el criterio adoptado fue considerar a las instituciones que internan niños por causas asistenciales y a las que lo hacen por causas penales, como un continuo. Si bien ambos tipos de instituciones poseen fines divergentes (resocializar y castigar), contienen muchos elementos comunes: en palabras de García Méndez, en dichas instituciones se trata de manera similar a victimas de delitos (causas asistenciales) y a victimarios (causas penales). [4] 

El tipo de instituciones en las que fueron internados los niños y adolescentes fueron: hogares mixtos y convivenciales, hogares religiosos, macro institutos asistenciales, institutos de seguridad, colonias agrícolas penales. Algunos de ellos también transitaron por centros de día para chicos de la calle, centros de rehabilitación de adicciones, instituciones psiquiátricas, como así también algunos entrevistados estuvieron detenidos en cárceles. Los relatos caracterizaron la vida de los niños y adolescentes en 27 instituciones minoriles. 

Para el diseño del trabajo de campo tuvimos en cuenta aspectos propios de las instituciones tutelares en cuanto al relevamiento de información, circuitos burocráticos y validez de los datos relevados. Es decir, los niños y adolescentes que ingresan a las instituciones tutelares, transitan por diversas instancias administrativas, que en general se superponen y recaban información en forma segmentaria [5]. Consideramos que esta modalidad de procedimientos burocráticos del relevamiento de datos de los jóvenes, sumado a otros factores, favorece la emergencia de un “discurso oficial”. Dicho de otro modo, los niños y en particular los adolescentes, saben que decir, cuando y a quien. [6] 

Es por ello, que para relevar datos que fueran representativos del pasaje por la institución minoril, consideramos necesario conformar un cuerpo de entrevistadores que contarán con un vinculo previo con el entrevistado, con lo cual la primer serie de entrevistas se realizaron en un marco de confianza y rapport, posibilitando la aproximación a la historia "no oficial". A esa primer serie de entrevistados, se le solicitó que nos pusieran en contacto con compañeros o conocidos que hubieran pasado por situaciones similares, estableciéndose de este modo contactos para conformar la muestra mediante la técnica de la “bola de nieve” (Guber, R.). 

También se consideraron otras voces de la institución tutelar: para ello se tomaron entrevistas a directores de institutos de menores, y profesionales que intervienen en el seguimiento de los casos desde el poder judicial. 

Por último, queremos mencionar que siempre la internación de niños en las instituciones tutelares implica una doble acción: una dirigida hacia el niño y/o adolescente y otra sobre la familia del mismo. En el presente estudio nos limitamos a indagar sobre el impacto de la internación en los niños y adolescentes, quedando pendiente para investigaciones posteriores, conocer cuales fueron las consecuencias de la internación en las familias de los niños tutelados. [7]   

Antecedentes históricos en nuestro país: el Estado frente a la niñez desviada y  la consolidación de la Tutela Estatal  

En la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX, se consolidó un modelo de intervención del Estado sobre los denominados niños en peligro. Vendedores ambulantes, mandaderos, lustrabotas, canillitas, hijos de inmigrantes, niños abandonados, jóvenes que cometían delitos, chicos que habitaban los inquilinatos, hijos de familias anarquistas, fueron solo algunos de los niños y adolescentes que eran recluidos tras los muros de los asilos que se multiplicaban vertiginosamente en la ciudad de Buenos Aires. 

El clima de época de principios de siglo al que hacemos referencia, estaba signado fuertemente por la idea de progreso y el ascenso de clase social. La inserción en el mercado internacional dependía de exportar bienes alimenticios a las grandes potencias de Europa. El desarrollo de la economía agrícola ganadera requería de una mano de obra mayor con la que se contaba. La inmigración brindaría una solución a este problema.  

Pero la realidad social comenzó a configurarse de modo muy diferente de lo esperado. La inmigración concebida por Sarmiento no fue la que bajó de los barcos. La ciudad de Buenos Aires creció a un ritmo mayor que el que la ciudad podía tolerar. Hacinamiento poblacional, proliferación de los inquilinatos, surgimiento de movimientos anarquistas, fueron solo algunos de los factores que hicieron zozobrar el proyecto de crecimiento y progreso de la generación del 80 y que luego darían lugar a la sanción de la “ley de defensa social”, según la cual se podía deportar – sin muchas explicaciones-, a la inmigración indeseable. 

Asumiendo el riesgo de simplificar una realidad social muy compleja, podemos afirmar que, el Estado, a fines del siglo XIX y principios del XX, desplegó dos grandes líneas de acción hacia la niñez y adolescencia: la consolidación y expansión del asilo como dispositivo de control para efectuar la tutela del Estado y la creación de la escuela pública –con la sanción de la ley 1420-. Esta última, “...permitió que los niños adquieran por igual valores, símbolos y tradiciones que requería el funcionamiento del Estado Nación, es decir  “homogenizar” las posibles diferencias existentes entre los niños, teniendo en cuenta el importante número de niños migrantes o hijos de migrantes” (Rapoport, 2001). 

Estas acciones contribuyeron activamente a un proceso de diferenciación de la niñez del todo social. Para Eduardo Ciafardo, en el Buenos Aires finisecular, entre 1890 y 1910, se produce una doble diferenciación en los niños de la ciudad, “inmersos en un clima de modernización y transformación capitalista”: los niños comienzan a diferenciarse del mundo de los adultos, en primer término, y luego entre sí. En 1904 el 20 % de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires tenían entre 6 y 15 años, y estaban claramente diferenciados en tres sectores: los niños pobres, los del sector medio y los de la elite. Los niños pobres ingresaban tempranamente al mercado laboral en oficios callejeros, su experiencia escolar era inexistente o circunstancial y vivían en conventillos en el centro o asentamientos precarios en los suburbios: perseguidos por la policía (...) eran expulsados con frecuencia de sus grupos familiares y captados por la sociedad de beneficencia para asilarlos en sus instituciones. [8] 

En este proceso de diferenciación social, los niños ocupan distintos espacios y “circuitos” urbanos de acuerdo a su estrato social (Rios y Talak, 1999). Los niños de los sectores medios ingresan a la escuela pública, y los niños de la elite, al Colegio Nacional Buenos Aires (con el fin de acceder a la universidad) o bien contarán con institutrices extranjeras.[9]  

La valoración positiva recaerá en el niño sujetado a la instancias de control y moralización: madre, familia y escuela, serán los progresivos ámbitos de socialización deseables. El niño escolarizado, será el equivalente al “niño moral”. 

Ahora bien, ¿qué caracterizaba a la institución asilar de aquel entonces? La respuesta la podemos rastrear en su propósito original: eran instituciones estatales o iniciativas privadas –laicas o religiosas-, que se proponían “reemplazar” las funciones de crianza que anteriormente desempeñara la familia de padres “indignos”. Es decir, el debate que da lugar a la consolidación de las instituciones tutelares, tiene por base una posición definida en relación a “cómo debe ser una familia”, y como se debe “educar” correctamente a un niño, y se definen, de este modo, cuales son las acciones indeseables en la crianza. Los médicos y políticos higienistas tuvieron un papel crucial en esta redefinición de las funciones familiares deseables. 

La arquitectura y escala de las instituciones tutelares merece un desarrollo que excede los propósitos de este trabajo. No obstante ello, repasemos algunos atributos: eran instituciones que albergaban a número elevado de niños, su intercambio con el exterior era escaso, los niños realizaban tareas comunes (bañarse, comer, dormir, recreación, etc.) bajo la vigilancia de un celador o guardia y en la mayoría de la instituciones se incluía la escolarización dentro de los muros además del “trabajo regenerativo”[10].                           

El discurso de alarma social tenía por blanco principal al niño que trabajaba en la calle, y su paradigma era el canillita (Ciafardo, E.). Según las crónicas de la época, en Buenos Aires existían numerosos grupos de niños mas o menos pobres que recorrían la ciudad en grupos o pandillas. El niño “desviado”, pronto ganó las calles y se tornó visible en los espacios públicos, aquellos donde –en términos de José Ingenieros-, se desarrollaba la mala vida.[11] Contribuían a esta presencia numerosa de niños en la calle, factores como los reglamentos de los conventillos –los cuales expresamente prohibían la permanencia de los niños durante el día-, la alta deserción escolar -en las escuelas públicas pasaban solo por los primeros grados, el desarrollo de prensa como industria -los diarios fomentaban para su venta la existencia de los niños canillitas-, entre otros aspectos. 

Se crearon entonces instituciones para aquellos niños que se alejaban de la familia “bien constituida”, aquella que garantizaba una función moralizadora. Según Rios y Talak (1999) la nueva familia nuclear Argentina intentó reproducir en su interior, los rasgos de orden y estabilidad en relación con los roles materno y paterno, proyectados en la construcción de este nuevo modelo familiar[12].  Según las creencias y representaciones de la época, el niño que estaba en un medio inmoral, en particular el que pertenecía a la familia popular inmigrante, podría ser un futuro delincuente.[13] La asociación entre pobreza y delito, se amparó de este modo bajo una criminología positivista y la vigencia de las teorías lombrosianas. Tal como menciona Oscar Terán (1987), “las expresiones científicas y ensayísticas del pensamiento positivista intentaron articular una interpretación de la realidad social nacional a través de la acción concreta en las instituciones públicas y estatales: educativas, jurídicas, sanitarias y militares”.

En cuanto a las familias migrantes, estas fueron consideradas incompetentes para la crianza y contención de los niños, con lo cual se hizo necesario la creación de instituciones estatales de corrección y de leyes que habiliten esa intervención. Hasta ese momento, el problema de la vagancia, la mendicidad y el abandono de menores era un ámbito de intervención privado (familia, iglesia, instituciones de beneficencia, escuela). Pero, a partir de este gran incremento de la población resultado de las inmigraciones se torna necesaria una intervención normatizada desde el Estado.[14] En este contexto se promueve, en 1919, la ley 10.903 sobre Patronato del Estado propuesta por el diputado Luis Agote. La sanción de la ley terminó de refinar la acción del Estado: este debía intervenir en el negativo del niño ideal argentino, el niño desviado, el niño indisciplinado.

En ese contexto de control social, la participación de la policía resultaba clave. En un texto utilizado para la instrucción policial en 1912, se señalaba que los padres tenían la facultad de corregir o hacer corregir moderadamente a sus hijos; y con la intervención del juez hacerlos detener por el término de un mes. Y mas adelante agregaba “los padres pueden exigir de las autoridades públicas les presenten toda la asistencia que fuera necesaria para hacer entrarlos bajo su autoridad, vuelvan a sus casa paterna o aquella en que sus padres los hubiesen puesto.” [15] 

De este modo, para el Estado solo se torna visible una infancia, la desviada, y es a su medida que se consolida el sistema tutelar. La creación de instituciones asilares tuvo a principios de siglo un crecimiento exponencial.[16] Institutos de menores, colonias agrícolas, orfanatos, se multiplicaban a la sombra de debates sobre el modelo de familia argentina, sobre el niño “necesario” para poblar esta tierra con sentimiento de argentinidad. 

CAPITULO I
LA VIDA FAMILIAR PREVIA A LA INTERNACIÓN
 

¿Qué les sucedió a los padres frente a la amenaza de internación tutelar de sus hijos?. Dentro de la diversidad de estrategias, podemos sintetizar dos tipos de respuestas de los padres que atravesaron dicha situación: a) los padres buscaron apoyo en el entorno de su núcleo familiar, en primer lugar en miembros de su familia extensa, y en menor medida en recursos comunitarios, o internativos) y b) buscaron apoyo en el interior de la familia: los hijos mayores sustituyeron el rol de los adultos.

a) Intentos de contención fallidos: la familia extensa [17] 

En un estudio reciente sobre la construcción del proyecto ocupacional en jóvenes internados en institutos de menores (Veiga, C., Ynoub, R., y otros 2000), se describía una estrategia familiar orientada a la conservación de los niños: frente a situaciones conflictivas que no le permitían a las familias continuar con el cuidado de sus hijos, ellos recurrían temporalmente a otras familias para continuar con la crianza de los niños (parientes, vecinos, entre otros). A esta familia los autores la denominaron transicional, ya que representaba un pasaje entre una situación conflictiva de la familia de origen y la internación en un instituto de menores. En el mismo estudio, en cuanto a las representaciones de los sujetos sobre su familia, se encontró que en un número importante de casos “la familia quedaba representada finalmente a través de los hermanos” mientras que en otros casos, la abuela resultaba clave al hacerse  cargo de los niños ante situaciones familiares conflictivas, (Veiga, C., Ynoub, R. 2000).  

Coincidentemente con dichos resultados, dentro de la muestra, también hallamos estrategias familiares similares a las mencionadas con el fin de garantizar la crianza de los niños. De este modo, desfilaron una larga serie de relatos sobre familiares –abuelas, abuelos, tías, tíos, madrinas, inclusive vecinos-, que brindaron un sostén en la crianza de los niños. En general, los periodos de convivencia con miembros de otras familias, han sido valorados de un modo positivo por los sujetos entrevistados, aunque muchos de ellos fueron altamente inestables, como se expresa en el siguiente fragmento: “yo me iba de mi casa, me iba a lo de mi tía, me quedaba ahí: me criaron ellos, me cansaba de mi tía y me iba de mi casa” , relataba uno de los entrevistados. En otros casos, se advirtió que los familiares recibían a los niños en sus hogares a cambio de realizar tareas domésticas que fueron percibidas como excesivas o abusivas por parte de los mismos.

Cabe señalar que la convivencia con otros familiares fue percibida como dinámicas familiares cualitativamente diferentes, en la medida que los niños encontraron más espacios de dialogo con adultos o bien instancias de recreación. Con temor a forzar el material relevado en el campo, nos preguntamos aquí si no se tratará de niños que tuvieron mayor reconocimiento por parte de abuelos, tíos, etc. que en su familia de origen, y si ello estará vinculado con la escasa diferenciación de los niños que suplantaron a los adultos. En términos de Philippe Ariès, podríamos sostener que los niños dentro de sus familia de origen, mantenían una escasa visibilidad, una suerte de anonimato, mientras que al convivir con otros familiares, se tornaron más visibles, con un mayor grado de existencia en las familias que los contuvieron transitoriamente. 

“...con mi abuela yo conocí una calesita, un circo, un parque, cosa que después que perdí a mi abuela, yo no lo conocí por mi viejo. (...) me llevaban a un cine, acá, allá, pero no es lo mismo, porque vos hacías una macana y te pegaban, vos hacías esto y te retaban, en cambio con mi abuela no era así, era más diversión, más conversación y menos palos ¿me entendés? Es diferente.” Gustavo

Ahora bien, ¿qué otros elementos del tejido institucional se pusieron en marcha frente a la familia con dificultad para criar a sus hijos? Al respecto, es notable en las historias la ausencia de organizaciones barriales, comunitarias o estatales que brindaran apoyo en la crianza de los niños. Carlos comenta que cuando era chico, de su casa fue directamente a la calle, y que en su barrio no había comedores o sociedades de fomento, o que se producían eventos alrededor de fechas como el día del niño, nada mas: “... ¿cómo ahora que hay comedores y eso? No, porque a mi no me guiaron. Yo me traté de guiar siempre solo. Nadie me decía anda allá que te van a dar leche. A veces sí, para el día del niño sí.”  

En algunos casos de la madres que trabajaban, como la madre de Beatriz, la guardería fue un recurso útil para mantener el trabajo y criar a sus hijos. Sin embargo, esta resultó insuficiente cuando ella comenzó a alcoholizarse y castigar a las niñas. 

“ Yo de chiquita, ella se separó de mi papá y me llevó a la guardería que quedaba en Lomas, estábamos a las ocho y salíamos a las cinco de la tarde. Ella salía de trabajar, nos llevaba y nos traía. (...) a medida que fuimos creciendo mi mamá empezó a dedicarse al alcohol y ahí empezó todo. Ella empezó a tomar y tomar, y se volvió alcohólica, nos pegaba. Más a mi porque yo era más grande y eso.” Beatriz 

b) Cuando los hijos mayores reemplazan a los adultos 

Dentro de los aspectos que caracterizaron la vida familiar previa al ingreso a las instituciones minoriles, se destacó la existencia de un límite difuso entre las responsabilidades de los adultos y los niños. Dicho de otro modo, a partir de las narraciones de los entrevistados es posible inferir que dentro del universo simbólico familiar, prevalecía una representación social del niño como intercambiable con el adulto, un niño escasamente diferenciado del mundo adulto.  

Señalábamos anteriormente que, frente a situaciones conflictivas que amenazaban el funcionamiento del hogar, en algunos casos fueron los hijos mayores quienes asumieron las responsabilidades vacantes de los adultos. Nos referimos concretamente a niños que salieron a trabajar en la calle para reemplazar el ingreso económico de un padre que cumplía una condena en prisión, niños que tuvieron la responsabilidad de “ser proveedores del hogar” frente a la enfermedad de quien los cuidaba, otros que protegieron a su madre de los golpes de su padre, niños que frente a la violencia en su hogar buscaron refugio en la calle y con el tiempo se quedaron definitivamente en la calle, niños que buscaron protección frente al juez de menores u otros organismos de infancia, niños que frente a una enfermedad concurrieron y se internaron solos en un hospital, o que buscaron amparo en familiares cercanos o vecinos, niños que cuidaron que su padre no anduviera con “mala junta”. En definitiva, niños que tomaron decisiones y responsabilidades de adultos. 

Este déficit dentro de los referentes adultos, tuvo como consecuencia que fueran los mismos niños quienes asumieran decisiones cruciales sobre su vida. Así nos encontramos entre los relatos un niño que ante su enfermedad, a los ocho años de edad, se internó solo en un hospital. 

“...a los ocho años ya empecé a pisar la calle. Y tal es así que una buena mañana me levanté, me sentí muy enfermo y después me interné en el hospital Finocchietto, en Avellaneda”. Gustavo 

El pasaje abrupto al mundo adulto, tuvo un costo alto para los niños. Carlos reflexionaba con nosotros: “...alguien debería haber estado”, se refería de este modo al momento en que su padre fue a la cárcel y él se convirtió a los ocho años en “un muchacho” con la responsabilidad de llevar alimento a sus hermanos y a su madre. “Alguien debería haber estado” pero no fue así. Los niños actuaron como una segunda línea de contención frente a situaciones que hacían peligrar la continuidad de la vida familiar.   

La indiferenciación entre adultos y niños no se presentó de un modo homogéneo en la totalidad de los hermanos. Esta recayó principalmente sobre los hijos e hijas mayores: los varones se convirtieron en proveedores del hogar, mientras que las niñas, asumieron tareas domesticas relativas a la crianza de sus hermanos menores. Tal fue el caso de Marcelo, quien vivía al cuidado de su abuela y cuando esta enfermó, comenzó a “reforzar” el ingreso familiar: “laburaba para mi abuela”  

“...en ese tiempo era chico, tenía diez años. Las rejillas de fundición, todo eso. llevaba a los depósitos y era una moneda para la vieja. (...) laburaba para mi abuela (...) todo para vender, para hacer plata, rejillas, pedazos de hierros. Y así todo. y una cosa trae la otra.” Marcelo 

Se advierte en su relato, que el ámbito de los depósitos que compraban hierro fue para él un ámbito de socialización, en el cual rápidamente comenzó a “ganar bien”, a progresar. La mamá de Marcelo vivía en su casa y muy esporádicamente él la visitaba. Su abuela lo cuidaba hasta que empezó a enfermar y él comenzó a “laburar en la calle”. Es importante señalar, que aquí no se trató de un adulto que obligó a un niño a trabajar en la calle y que lo descuidó en su crianza. Por el contrario, según el relato de Marcelo, su abuela se preocupaba mucho porque él no abandone la escuela, pero debido a su enfermedad y a la falta de dinero, no se opuso a que trabaje en la calle y contribuya con la economía familiar. 

“Mi abuela me decía, vos al colegio me tenés que ir, y a mi no me tenía que faltar ni el lápiz, ni cuaderno, ni una pinturita ni guardapolvo, nada. Y bueno, así, ya cuando estaba en Palomar mi abuela se empezó a enfermar, estaba más difícil la cosa, (...) y yo laburaba en la calle.” Marcelo 

Carlos es el mayor de cuatro hermanos, él tenía ocho años cuando su padre fue preso “...y tuve que salir a trabajar (...) vendía estampitas o sino pedía en los trenes (...) vivía con mi vieja y yo ayudaba, siempre tenía que traerle palta así ellos comían...y nada mas”.  En otros casos, los padres debieron ausentarse del hogar por tiempos muy prologados, a raíz de lo cual, generalmente la hermana mayor, adquiría la responsabilidad del cuidado de sus hermanos.                       

“Mi mamá se levantaba a trabajar y nosotras nos quedábamos solas, y siempre lo mismo. Mi hermana más grande hacía la comida. Ella cocinaba, como no podía porque no llegaba a la cocina, era muy petisa, se subía a un banquito. Y era chiquita. Pero mi mamá antes de ir a trabajar en el tiempo que ella era chiquita le dejaba las cosas listas”  Susana 

Reiteramos, no se trata de padres que han delegado completamente la función de crianza de sus hijos mas pequeños al cuidado de su hija mayor, sino que como nos relataba Verónica, su mamá antes de salir a trabajar “...les dejaba la comida preparada, la leche y se iba a trabajar”. Ello también le sucedió a Rubén:

“Después a partir de los 7, 8 años mi papá se iba a trabajar temprano y me dejaba encerrado en la pieza donde vivíamos. Y yo buscaba la forma de salir, y me escapaba. (...) Él se iba a trabajar, me dejaba con la comida hecha, la leche a la mañana y hasta las seis, siete de la tarde no aparecía.” Rubén. 

A pesar de que el padre redoblaba su cuidado –antes de salir a trabajar le dejaba a su hijo la comida preparada- , según Rubén la situación de encierro y soledad en “la pieza donde vivían” precipitó en él sus primeros escapes hacia la calle. 

¿Quién es mi padre? 

Otro elemento frecuente en los relatos consistió en baches en su historia de filiación, en particular en lo que respecta al conocimiento sobre sus padres. Es decir, muchos de los sujetos entrevistados, no solo no conocieron a su padre o madre, o lo hicieron tardíamente, sino que en lugar de ello, existieron historias vedadas, secretos familiares sobre la identidad de alguno de sus progenitores. Esta situación no fue un dato menor para los niños, ya que ese desconocimiento de una parte significativa de sus historia familiar, se tradujo en una búsqueda permanente sobre la verdad de su origen. 

“No conozco a mi mamá, no sé qué pasó, siempre le pregunté y le reclamé (se refiere a su papá) pero nunca me contestó. No me dio explicaciones.” Topo

“Mi papá no se ni quien es. No tengo noción. Hasta ahora tampoco supe quién fue mi papá. Supuestamente la versión que me decía mi mamá cuando era chica es que era de un tío de ella que la violó.” Nora 

A Cristian, quien no conoció a su padre y su madre le negó sistemáticamente revelarle su identidad, cuando caminaba por la calle, los vecinos del barrio se encargaban de señalarle a su “posible padre”:

“...acá comentaban que conocían a mi viejo y hubo épocas que me pasaba que iba caminando por la calle y gente desconocida que nunca vi en mi vida me paraba y me decían ¿vos sos el hijo de Juan Carlos? y le decía que no. Uh... mirá porque sos re-parecido... y así me pasó cuatro o cinco veces, entonces fui y hablé con mi vieja y me dijo nada que ver (...) Ya no me importa de donde vengo ni nada. (...) hasta mis tías acá me dicen que sí, que puede ser.” Cristian

Este desconocimiento sobre su identidad, se ancló en modalidades familiares en las cuales la función de la crianza de los niños fue asumida por abuelas, tías o madrinas. A la hora de definir a su familia, los niños consideraron mas relevante la función desempeñada en su crianza, que el lazo biológico. Surgieron de este modo categorías como “el que me crió”, “papá real”, es mi abuela pero es como mi madre”, tíos que son los padres, primos que son tíos, “papá verdadero”,  “el que nos dio el apellido”, fueron solo algunos de los modos como nombraron a sus familiares mas cercanos. Esta no coincidencia entre el parentesco y la función, se advierte en el siguiente relato:  

“Yo tengo entendido que mi viejo -o sea el hombre que me crió como quien dice-, estuvo conviviendo con la hermana de mi mamá, a todo esto, vendría a ser mi tío. (...) Es mi tío porque estaba con la hermana de mi vieja, pero realmente él primero se juntó con mi vieja y todo. Después que yo nací, al poco tiempo ellos se pelearon, se separaron y él se fue a vivir con la hermana de mi mamá. (...) Después, yo tengo a mi padrastro. Me crió mi padrastro que se llama Juan Carlos.” Gustavo

Nora tiene tres hermanos, todos de diferente padre, pero un tío materno de ella, les “dio el apellido” a los tres hermanos, y cuando vinieron a vivir a Buenos Aires “ese señor” cumplía la función de sostén de los niños.

“...tenemos el apellido de ese señor, el cual se hizo cargo de nosotros y nos mandaba plata todos los días por correo de Corrientes a Buenos Aires, pero nos dio el apellido nomás, no es el papá de nosotros.” Nora

Cristian fue criado por su abuela materna quien tiene 59 años, - pero representa mas, según él- nacida en Corrientes y casada con un Yugoslavo. Con la madre puede estar esporádicamente, pero la siente lejana, como una extraña a quien cada tanto realiza una visita protocolar.

“... mi abuela es como si fuera mi vieja, es otra cosa. Con ellos dos, con mis abuelos es otra, es otro trato de parte mía a ellos y de ellos a mi. (...) A mi nunca me tiró la sangre por mi vieja ¿viste que te dicen que la sangre tira? Pero no... yo siempre estuve acá y siempre para mi, mi abuela fue mi vieja...” Cristian 

La referencia negativa a “la sangre tira”, pareciera ser una forma de compararse con una familia ideal, cuya cohesión estaría dada en parte por los lazos sanguíneos. A Cristian no le tiraba la sangre por su madre, con quien “no tiene tanto lazo”, y los eventuales acercamientos parecieran estar sujetos a la contingencia de vivir cerca o lejos.

“....con ella no tengo tanto lazo, nos vemos de vez en cuando así. Cuando vivía en capital nos veíamos muy poco, cuando vino acá nos visitábamos más seguido pero no es algo de que yo me aferro a ella, la voy a ver siempre, no. La voy a visitar cuando paso o ella viene y así... nada más.” Cristian

Algo similar le ocurrió a Ramón, quien estuvo internado en un hogar asistencial desde los cinco años y cuyo padre lo visitaba una vez al año. Cuando Ramón tuvo 17 años, apareció una mujer en la puerta del hogar y le dijo que era su madre. Ramón no quiso ir con ella, al año siguiente su madre falleció y con esta distancia relata el hijo el velorio de su madre:

“...cuando falleció me avisaron acá en el colegio que ella había fallecido. Y yo fui. Y la velaron ahí en la misma casa en la villa. estaban mis hermanas. Y todos lloraban, pero yo no lloré. Era... como te puedo decir... era como cualquier cosa para mí, era como... como te puedo explicar. Sí, era algo, pero... ¿viste como un vecino? Que vos decís se murió un vecino... que sé yo, a lo mejor puede ser que vos tengas buena amistad con ese vecino, que vos decís se murió un vecino... a lo mejor puede ser que vos tengas buena amistad con ese vecino, y es una cosa, pero es un vecino que vos lo ves... así era.” Ramón 

Estas características mencionadas probablemente sean compartidas por un grupo mayor de hogares en las zonas urbanas: familias reconstituidas, donde la abuela materna desempeña las tareas de crianza de sus nietos, de manera tal que subsume la función de madre de sus nietos. Este “como si”, desde la visión de los entrevistados, deriva en sujetos que reconocen dos madres (una la que lo tuvo y otra que lo crió), y ven a sus tíos como hermanos. 

“...Que viene a ser mi tío, yo le digo hermano porque casi nunca le puedo decir que son mis tíos, son mis hermanos... ellos, mi vieja y mis hermanos están allá y como que yo no me veo como sus hermanos y es mi vieja. Para mi mis hermanos están acá, mi vieja está acá y no se...” Cristian 

Barreras rotas: la calle y la pérdida de la escolaridad  

Continuando con la lógica de los relatos, frente a los conflictos familiares, en la mayoría de los entrevistados la calle apareció como una alternativa que “solucionaba” circunstancialmente situaciones conflictivas de mayor gravedad.  

En algunos casos, la calle fue un alivio a la situación de violencia doméstica que se incrementaba con el paso del tiempo, en otros casos, salir a la calle fue “salir a trabajar” sin metáfora alguna, en reemplazo del sustento familiar de alguno de sus padres. 

Las edades en que los niños comenzaron a permanecer en la calle, se concentraron en algunos casos en la franja de 6 a 8 años, y en otros entre los  niños entre 12 y 15 años.

 “... yo me fui a los ocho años de mi casa y no volví más. Aunque te cueste creerlo, tengo 29 años y no volví más a mi casa” Gustavo

“Tenia quince años, empezaba a salir a la calle, a la calle y me iba para todos lados, me iba a La Plata, a Monte grande... andaba en los trenes.”  Yiye

La violencia doméstica apareció en los relatos como un factor que precipitó la salida y permanencia en la calle de los niños. Tal es el caso de Gustavo, quien a los ocho años tomó la decisión de irse de su casa como resultado de las violentas discusiones con su padre:

“El primer día que me fui a la calle fue de la casa de mi viejo. Me peleé con mi viejo y me tiró con un tenedor en el pecho. Tengo la cicatriz, me quedó clavado con ropa y todo (...) me pegaba con lo que venga, con un palo, con un cinto... y bueno, me tiró el tenedor, me quedó clavado, y me fui con el tenedor clavado.”

¿Qué hizo ese niño ante la agresión del padre?, buscó refugio en un familiar cercano, en un tío, que según él no hizo nada: “me sentí defraudado, entonces agarré la calle”.

“De ahí me fui a la calle, de ese día no volví más a la casa de ningún pariente. Porque me fui a la casa de un tío, le comenté el problema pero yo en ese tiempo como venia con todos los golpes, para mí que quería que alguien vaya y le pegue a mi viejo, que lo mate, y nadie hacia nada. Entonces me sentí como que estaban del lado de él. Me sentí defraudado. Entonces agarré la calle.” Gustavo

Verónica relaciona su salida a la calle con el momento donde su padre apuñala la mano de su madre frente a ella:

“ Yo me escapaba de chiquitita. A los siete u ocho años me empecé a ir de mi casa. Mi papá cuando nosotros éramos chiquitos tomaba mucho, y le pegaba a mi mamá y nos pegaba a nosotros. Un día le apuñaló la mano a mi mamá, y mi mamá le hizo la denuncia, se lo llevaron preso y allá en la comisaría le pegaron, hasta que no lo dejaron medio muerto no lo soltaron”. Verónica

La calle para muchos fue un espacio de supervivencia. Carlos considera que él salió a la calle a los ocho años por dos motivos: por no estar en la escuela y por no tener para comer. Carlos tuvo un solo amigo, con el cual organizaron la calle como un “negocio”: tenían “clientes”, y hacían el recorrido con un carro, tenían zonas, y al final de la jornada se reunían en la casa de uno de ellos y compartían todo lo que habían recolectado.

“Siempre mangueando... pero a la noche dormíamos en mi casa. Sobrevivíamos en la calle... íbamos mangueando (...) teníamos, digamos, nuestros clientes. Y nos daban mercadería, nos daba uno una pizza, o frutas, o nos daban el desayuno... “ Gustavo

En la calle los niños se tornaron visibles para el contexto del barrio, y en particular para los vecinos.

“Cuando volvía se armaba la gorda porque o venía la queja de algún vecino porque cuando yo me escapaba por ahí andaba cazando pájaros, rompía lamparitas, y siempre algún vecino se venía a quejar, y ahí venia la reprimenda.” Rubén.

Otro aspecto a destacar fue el tiempo de permanencia en la calle: las jornadas fueron muy extensas: entre 8, 12 y 14 horas.

“Salíamos a veces a las siete, ocho de la mañana y volvíamos a seis, siete de la noche, y siempre así” Carlos

La calle presentaba peligros, entre ellos el de recibir algo –mercadería, dinero- a cambio de favores sexuales. En el caso de Carlos y Oscar, cuando ello ocurría, cambiaban de circuito buscado “gente nueva”:

“...porque mucha gente no te daba las cosas por darte nomás. Te querían hacer cualquier cosa... te insinuaban (...) al vernos tan chicos te tiraban la onda de cualquier cosa... hacer cosas que vos no tenés que hacer a nivel sexual. Entonces nosotros cuando veíamos así nos retirábamos, a otra parte, buscando gente nueva.” Carlos

Otro factor recurrente en los relatos de las personas que vivieron en la calle, o al menos pasaban largas jornadas en ella, consistió en reconocer en la calle dos espacios: por una lado la mala junta –que implicaba drogas pesadas, robo, etc. – y por otro lado, la acción colectiva de cooperación. Estos dos espacios implicaron dos de formas de agruparse: la banda o pandilla, que suponía un líder, un “pesado” y acciones ilegales, y por otro lado, una acción colectiva instrumental, dirigida hacia un fin común con beneficio para todos, pero con la particularidad que entre ellos mantenían una cierta distancia, basada en la desconfianza entre sus miembros.

Como aspectos positivos de la permanencia en la calle, los niños también encontraron personas con actitudes solidarias:

“...nos preguntaban para donde íbamos y la gente nos daba el desayuno...(...) si tenían un garage tapado nos dejaban adentro, nos daban para pasar la noche. Gente media que no tenia mucho, pero te daban lo que tenían.” Carlos.

Algunos niños desarrollaron estrategias con un alto grado de organización para estar en la calle, como les sucedió a Carlos y Oscar, que mientras uno dormía, el otro hacía de centinela.

Además de todos los peligros de la calle, también esta fue una oferta de espacios de socialización que les permitió tomar contacto con los “placeres prohibidos de la vida”, dicho en sus términos. 

“Me fui a la calle. Primero me fui a Constitución. Ahí empecé a conocer lugares lindos. (...) Dormí un ratito acá, un ratito allá, porque me cansé de caminar. Llegué a Constitución, después me fui al parque Lezama, y después recorrí varios lugares, Liniers, Retiro, Once, empecé a conocer lugares que no conocía, preguntando.

-¿Con otros compañeros?

- No, yo siempre solo. Nunca llevé de la mano a nadie, y nunca me hice amigo de nadie. Siempre solito. (...) yo trato de cuidarme. En ese tiempo no confiaba en nadie, porque por ahí estaba con vos y yo creía que te hacías la buena conmigo y cuando me descuidaba me mandabas preso. No quería que nadie sepa, que nadie me busque. Después de grande volví a mi casa.

(...) Tenía alegría, una satisfacción hermosa... ver las luces de colores, entrar por Lavalle, ver los videojuegos que nunca había visto... y ya alguna gente te veía y te daba fichas y vos te ponías a jugar. Yo no sabía ni como se jugaba pero igual, yo estaba contento. Me acuerdo que en ese tiempo estaban las vitrolas, yo no sabía leer pero le decía a los muchachos que me pongan el disco de Juan Ramón que me gustaba mucho. Y Valeria Linch... muñeca rota, corazón en pedazos. Eso. me gustaba jugar al pool, sabia jugar al billar... pero nunca aprendí a jugar a la pelota. Tenía 8 años. Estaba arriba de la silla para jugar al pool porque era chiquito. Jugaba y ojo que me respetaban.” Gustavo         

Otro aspecto de la calle: la aventura 

“Dormíamos en los trenes... un par de noches nos quedamos a dormir ¿viste la torre esa que está en Avellaneda? Atrás de los edificios donde pasa el tren, atrás de la cancha de pato, que hay una torre grandota, una noche para chusmear a ver que había nos subimos hasta allá arriba, saltábamos por todos lados... y bueno, vamos a dormir allá, y fuimos a dormir. Nos cagamos de frío allá arriba, pero los tipos durmieron ahí (ríe). Es una torre de agua. Y allá arriba... y así, nos pasábamos así los días.” Marcelo

Entre otras cosas, la calle fue una vidriera con ofertas muy diferentes de la vida familiar de los niños, y a veces permitió el acceso a cosas novedosas para los niños. Aparece un mundo que va más a allá de la satisfacción básica de las necesidades, un mundo de consumo de cosas tan placenteras como “innecesarias”. En los términos de los entrevistados, será la satisfacción de “caprichos”, el consumo de cosas “innecesarias” pero que les resultaban muy placenteras: Marcelo a los 12 años, “compraba giladas” con el dinero que ganaba en la calle.

“...después del carrito ya tuve carro. Ya a los once años, a los doce, más o menos vine a vivir con mi vieja y ya era capitalista. Entregaba más yo que cualquier tipo grande que laboraba para los chabones de los depósitos. Yo entregaba todo plata, hacia plata. Y después compraba giladas, galletitas, muchas galletitas.” Marcelo

Las dificultades en la crianza de los niños también derivó en el abandono progresivo de la escuela. El caso de Marcelo, resultó muy claro al respecto: cuando él vivía con sus abuela concurría a la escuela, mientras que las temporadas que vivía con su madre, dejaba de ir al colegio. La abuela apareció controlando. El rescata como positivo el “control” de abuela en sus estudios, mientras que la palabra de su madre para que continúe en la escuela carece de eficacia, es una palabra “devaluada”a raíz de no haberlo criado:  

“Con mi abuela nunca falté. No porque siempre que sé yo... estábamos juntos. Vivíamos los dos solos. Y no teníamos nada. Pero ella le gustaba gritarme y se sentía feliz, yo me sentía feliz que me grite. ¿estudiaste? ¿Hiciste esto? ¿hiciste los deberes?... si, ya lo hice... y miraba. No entendía nada pero ella miraba. ¿y esto por que está así? Esto está mal... pum. Por ahí venía mi padrino y dice no, está bien vieja, esto está bien. ah, bueno. Ella no entendía un carajo, pero mandaba... y bueno, así era.” Marcelo

“empecé bien. ya era grande, tenía 12... y no tenía ganas de ir al colegio. No quiero ir... ¿pero por que? Y bueno, mi vieja también que no sabía como manejarme, que sé yo... tanto tiempo de no estar conmigo, y yo por ahí que te sale ¡si vos no me criaste! Claro, uno se cree libre. Se cree que se puede mandar solo, chau... y empecé... pero tenes que ir al colegio, tenes que terminar... si, yo voy a terminar, pero después. y me tomé como una vacaciones largas, un año de vacaciones en el colegio y después empecé de nuevo. Pero ya en ese año empecé...” Marcelo

 

CAPITULO II
LA VIDA EN LAS INSTITUCIONES MINORILES
 

Modalidades de ingreso: historias de traición y engaño 

La bibliografía consultada sobre las causas que motivaron el ingreso de los niños y adolescentes a las instituciones tutelares, nos brinda una primer aproximación al tema. Según un estudio realizado sobre el funcionamiento de los Juzgados Nacionales de Menores (Sosa, C. y otros, 1998) -tomando como referencia la totalidad de las causas tramitadas en el año 1996-, se advirtió que el 58% de los niños y adolescentes ingresaron al sistema Penal de Menores en calidad de víctimas de delitos, mientras que el 41% lo hizo como infractores. Para las autoras, también existe un comportamiento diferencial en relación al genero: observaron que los varones ingresaban a la agencia judicial en un número que triplicaba a las mujeres (66% varones y 24% mujeres) y del total de mujeres que ingresaron, la mayoría lo hizo como víctima de algún delito (el 80% fueron victimas de delitos, mientras que el 20% fueron infractoras). 

Otro aspecto indagado por las autoras, consistió en conocer cual había sido la vía de captación a la agencia judicial: la mayoría lo hizo a través de la comisaría y división de F.F.C.C. (el 83%, mientras que a través de la Cámara de Apelaciones, ingresó solo el 15%). 

En un estudio mas reciente [18], se observa como la franja etárea predominante varia según se trate de causas asistenciales o penales, tal como se observa en la siguiente tabla: 

Tipo de causa

Franja etárea o edad predominante

Penales

17 años

 

11 a15 años

Asistenciales

7 a 9 años

                       Fuente: Sosa, C y Erbaro, C. (1999) op. cit. elaboración propia

 Es decir, los niños que se encuentran en el primer periodo escolar, son los mas frecuentes que ingresen por causas asistenciales, mientras que cuando se trata de jóvenes acusados de cometer delitos, el promedio de edad se eleva.  

En cuanto a la proporción entre varones y mujeres internados, esto también adquiere un comportamiento diferencial según sean casos de jóvenes infractores de la ley, o victimas de delitos. Durante el año 1999, del total de jóvenes internados por causas penales, el 93% eran varones y el 7 % mujeres. Esta proporción varia sustancialmente en las causas asistenciales del mismo periodo: el 52% fueron varones, mientras que el 48% fueron mujeres. 

Ahora bien, lo valioso de estos estudios es la representatividad que poseen, ya que en algunos casos han consultado mas de 6 mil registros de niños y adolescentes bajo tutela. Pero la justicia de menores y los institutos minoriles, relevan datos que no permiten indagar sobre otros aspectos. Es decir, el criterio judicial divide el tipo de causas por las cuales puede disponer una medida tutelar de un niño en causas asistencial y causas penales, esta clasificación es solo uno de los modos posibles de establecer categorías en una realidad sumamente compleja. Su uso tan reiterado en los estudios de caso, nos coloca frente al riesgo de naturalizar las vías administrativas judiciales, perdiendo de vista la heterogeneidad de la realidad social misma. [19] 

Por otro lado, el nivel de confiabialidad de los datos producidos en la administración de la justicia de menores es bajo.[20] Una profesional entrevistada del fuero minoril, que se desempeña como “asistente tutorial”[21] nos comentaba: 

“...el otro día que yo le decía a un juez amigo que he aprendido ha mentir con los Informes a partir de ellos. Porque no puedo decir que una chica hizo un aborto y que su madre la llevó a un médico, a un hospital. Porque es un delito y lo tienen que investigar. No puedo contar que es una casa tomada porque es un delito y tienen que investigar la usurpación. Entonces: de que estamos hablando cuando dicen que quieren saber como anda el chico?. Esto es un ejemplo simple pero marca, digamos, la imposibilidad de trabajar seriamente.”

Psicóloga que se desempeña como asistente tutorial de un Juzgado de Menores de Capital Federal 

Según el criterio de otro profesional, se trata de escribir en el informe datos que consideraba “inocuos”, debido a que la misma podía agravar la situación de los jóvenes tutelados.  

“He ido a entrevistar chicos drogados, totalmente, me ha pasado ir a una casa....sería incapaz, obviamente, de ponerlo en el informe. Lo que no tiene que ver con la causa yo no lo voy a poner. A mi no me interesa, él no está por eso en la causa; está por tentativa de robo. Para que voy a poner que se encontraba drogado, no me interesa....(...) Yo voy a tratar de ayudarlo, no de hundirlo....”

Trabajadora social que se desempeña como asistente tutorial en un Juzgado de Menores de Capital Federal.  

Cabe señalar que los profesionales poseen un rango amplio para seleccionar discrecionalmente que información quedará reflejada en el expediente y cual no. Contribuye a ello la ausencia de instancias de supervisión en la elaboración de sus informes. 

En cuanto a los resultados del trabajo de campo, nos preguntamos cómo ingresaron a las instituciones minoriles y los resultados nos sorprendieron una vez más: detectamos tres patrones diferenciados dentro de las historias, que denominamos: traición o engaño, búsqueda de protección y “perder”.  

En el primer caso, se trata de niños que ingresaron a las instituciones engañados por un adulto en quien confiaban. Se delimita de este modo una escena de entrega, que adquiere diversos matices: los padres los conducen a la institución bajo un engaño, niños que permanecían en la calle y que un adulto les ofreció un lugar para bañarse y comer y luego no pudieron salir más, o niños que fueron conducidos por profesionales de su confianza, y que según ellos, también fueron victimas de complejas tramas de traición. [22]

“Primero me llevaron creyendo que yo solamente me iba a ir a bañar y comer, una señora de acá de la plaza. Me dijo que solamente era para que me vaya a comer y bañarme y salir ese mismo día. Y bueno, terminé de comer, y bañarme y le digo bueno, yo ya me voy. Y me dice no, vos no te podes ir de acá. Acá te encerraron y de acá no te vas. Era un hogar, ya no me acuerdo, era chiquita.” Verónica. 

La mamá de Susana le dijo a su hija que iba a pasar un tiempo con su tía, cuando en realidad la estaba internando en un instituto de menores:

“Mi mamá en realidad me llevó engañada. Me dijo que me llevaba a la casa de una tía, porque yo tenia una tía a la vuelta, yo no la conocía, y me dijo vamos a conocer a tu tía, me lleva, me hace entrar a esa puerta grande, que yo me asusté y me puse a llorar, era una tragedia porque me agarraba de las paredes, no quería entrar, y siempre fue así hasta que fue pasando los años. La llegada mía a la escuela era una tragedia, siempre iba engañada, me llevaba con mentiras y me hacia entrar a la escuela, yo no quería saber nada de esa escuela.” Susana

 El engaño aparece de este modo como una estrategia de los adultos para lograr que los niños ingresen a las instituciones. En los relatos se advierte que se produce una doble desilusión por parte de los niños y adolescentes, por una lado por que les mienten y pierden su libertad, pero ello se refuerza en la medida que se sienten defraudados por alguien en quien confiaron. 

Otra modalidad que adquirió el ingreso a las instituciones fue la búsqueda de protección por parte de adolescentes y niños. En algunos casos, fueron los jóvenes los que buscaron amparo, para ello recurrieron a la justicia o algún referente en la escuela. En estos casos, apareció un arrepentimiento por parte de los sujetos, ya que en lugar de protección encontraron que fueron ellos tratados como victimarios.   

Cuando la mamá de Nora se alcoholizaba, la insultaba, le pegaba y le decía que no debía haber nacido porque ella era producto de una violación. Una noche, el padrastro de Nora intentó abusar de ella, los vecinos la defendieron y llamaron a la policía, la madre se enfureció con Nora, y le arrojó un hacha. Nora pasó toda la noche escondida en un ropero y luego acudió a la asistente social de la escuela, quien la derivó a una casa de monjas: 

“ ...esa noche después de dormir en el ropero se me ocurre ir a la asistente social del colegio y le cuento. Después de esto creo que me llevaron a la comisaría, y después... esa noche dormí en una casa de monjas, en un convento. Encima justo esa noche estaba indispuesta, ya me había hecho señorita...” Nora 

Probablemente en el caso de Gabriela, haya influenciado que su padre trabajara como administrativo en el poder judicial, ya que en el momento de buscar una solución frente a su marido golpeador, recurrió a la justicia en búsqueda de protección. 

“Iba a cumplir 14 años.  (...) Él tenia 28 años y yo 14. Después de dos años recién, quedé embarazada de mi primer nena... él tomaba y me golpeaba y me golpeó en la panza y tuve problemas. Y al año mi nena falleció. (tenia parálisis cerebral). Él me seguía buscando, me molestaba, tomaba, y tomado me iba a buscar. Entonces fui al tribunal de la Matanza, y pedí que me buscaran un lugar..” Gabriela

Por ultimo, existió un tercer grupo conformado por aquellos que fueron “capturados” por la fuerza policial, debido a la acusación de cometer delitos: ellos denominaron a esta situación como “perder”, se trataría de una mala racha, una apuesta que salió mal, como el caso de aquel joven que asaltó siete veces el mismo negocio, y en la octava vez lo atraparon. 

“...ahí a la vuelta de donde parábamos...había un garage de autos y conocíamos al que cuidaba los autos y no sé porque lo hice (sonríe), porque todavía no entiendo porque lo hice...fuimos la chica se quedó hablando con el señor...y yo saqué la llave de un auto y me llevé un auto (...) Y me llevé un auto pero no me lo llevé con la intención de...porque cualquiera que se robaría un auto, dice: “ voy  y lo vendo”. Yo me quedé paseando por el barrio... ...hasta que justo pasé por la comisaría (se ríe) y me agarraron, mirá la mentalidad....en realidad, primero pasó por el garage de donde saqué el auto...y me vio el dueño del garage, con el auto....y doblo por la calle Perú y en la puerta de la comisaría 2ª. me agarraron. Y ahí fuimos las dos a un Instituto, fue la primera vez que fui a un Instituto...” Paula

Este ultimo grupo se define en oposición a su enemigo: la policía, la “yuta”, los “rati”, “los azules”. Se trata de una modalidad de captación activa por parte de las fuerzas de seguridad, ya que por lo general son adolescentes acusados de cometer algún delito, a diferencia de las dos situaciones anteriores –la traición/engaño y la búsqueda de protección, quienes son victimas de delitos-.

Las personas que entrevistamos y que fueron detenidos acusados de cometer algún delito, estuvieron presos en diversos calabozos de comisarías, y en la mayoría de los casos este fue compartido con adultos que estaban acusados de cometer crímenes generalmente de mayor gravedad del que era acusado el entrevistado.[23] En general ellos lo advierten como algo negativo compartir espacios con delincuentes “pesados”: “...había gente grande. Gente grande que estaba por homicidio o porque el otro acuchilló al otro y estaba ahí adentro...” Cristian

En otros casos, en el calabozo los jóvenes encontraron cuidado y código de respeto con los detenidos mayores: se anticipaban los códigos de la cárcel. Nuevamente nos encontramos con jóvenes que valoran el cuidado de los adultos, en este caso “delincuentes mayores” que aparecen con un brillo de admiración e identificación en los relatos. Para algunos, el cruce con estos adultos  modelos, resultó una experiencia de un cuidado casi inédita. [24]  

“...en ese tiempo... si, estaban los menores y los mayores del otro lado. Estaban separados, pero siempre había una relación con los mayores y con menores. Los mayores, con los menores se portaban bien. había un respeto bárbaro. Como ellos estaban presos también por robo, a nosotros nos respetaban. Y ahí a veces ellos nos pasaban la comida.” Mario

Intervenciones segmentadas: rutinas burocráticas en la institucionalización

La intervención tutelar en la vida de los niños y adolescentes se presentó como un acto complejo, constituido por una serie de intervenciones institucionales mas o menos simultaneas. Es decir, a las instituciones minoriles no se accede directamente: existe una serie de circuitos administrativos, de procedimientos institucionales que varían según se trate de una causa penal o asistencial. Los procedimientos mantienen una contigüidad y se presentan con la lógica de una “cadena de montaje” (Domenech, Ernesto, 1995), por ejemplo en el caso de los que son acusados de cometer delitos, la secuencia podría resumirse así: detención por parte de la policía – ingreso y permanencia en el calabozo de  la comisaría – traslado al juzgado – permanencia en celdas del tribunal - toma de declaración – entrevistas con los profesionales del tribunal- constitución de un expediente judicial – traslado a “movimiento” – derivación a un instituto- procedimientos de admisión – constitución del legajo- entrevistas con los profesionales de la institución- cursos “informales”  y formales sobre las reglas de la institución, etc.

Clasificar, buscar plazas disponibles, derivar, volver a clasificar luego de las fugas, fueron algunas de las tareas de un eslabón nodal en la institucionalización de los niños y adolescentes: en sus términos nos referimos a la oficina de “movimiento de menores”. Según los relatos, las formas de clasificar y derivar fueron arbitrarias y discrecionales: delante de uno de los niños, dos sujetos se preguntaban entre ellos: -¿y con este que hacemos? Otro dato significativo fue la ausencia de una explicación al niño sobre los procedimientos, y sus consecuencias [25]. En el caso de que hubiesen sido atrapados luego de una fuga, los destinos tuvieron claramente una connotación de castigo: fueron cada vez más distantes[26] y a instituciones con mayor seguridad.

Desde la visión de los entrevistados, se advierte la importancia de la oficina de “Registro y ubicación” ya que desde ahí son derivados o “castigados”. Según los relatos, pareciera ser alta la discrecionalidad y arbitrariedad con que se designan los destinos institucionales, tal como se advierte en el siguiente relato:

“...una noche estuve en un salón que tienen para derivar a los chicos para ver en que colegio vas y cual no vas. (...)cuando entras, como una sala así, acá hay rejas, y una oficina, y un chabón ahí adentro con los papeles. (...) Y de ahí decían el pibe este va para el instituto Agote, aquel va para Azul, aquel va para allá. Y todos la tenían re-clara. Yo no sabia muy bien, y a mi me dicen ¿estas por robar? No, les digo, estaba por averiguación de antecedentes y me trajeron para acá y me dan el traslado. No me dicen, nosotros vamos acá nomás al taller de La Plata, al Instituto que le dicen el Grillito. Y bueno dicen, ¿con este que hacemos? N. que se vaya con fulano de tal, (...) y los llevan al Grillito que ya los están esperando.” Gustavo

La percepción sobre las rutinas burocráticas por parte de los miembros de la institución minoril y su relación con el juzgado, se describen en los relatos como una proliferación de “papeles” que carecen de sentido, y vinculado a ello una toma de decisiones lentas y también arbitrarias.

En la mayoría de los casos, los niños y los jóvenes transitaron por las instituciones. La intervención tutelar en la vida de los sujetos no fue acotada a una institución o a la resolución de una problemática puntual: “se sabe cuando comienza pero no cuando termina.” En la mayoría de los casos los niños y adolescentes tuvieron dos internaciones, llegando en unos pocos casos a mas de seis internaciones. 

El primer día en la institución: comer o ser comido

Los procedimientos de admisión resultaron claves para el resto de la estadía dentro del instituto. El ingreso a la institución les propuso a los jóvenes una disyunción exclusiva: ser cobarde o defenderse, “guapo o maricón”, comer o ser comido. Cada sujeto tuvo que posicionarse de algún modo frente a las opciones, tomar alguna de ellas ya que a partir de ello el resto de los sujetos –pares y adultos- se relacionaran de un modo u otro.[27] 

Se observó un efecto tenaza –entre el personal de la institución y los niños y adolescentes internados-, donde el encierro, el asilamiento, información fragmentada, el disciplinamiento conformaron una caja de herramientas simbólicas, patrimonio del saber institucional del personal de “menores”, lo que nos recuerda las tecnologías del disciplinamiento investigadas por Michel Foucault (1976:175). Ello no fue privativo de las internaciones en institutos penales, sino que también resultó una practica habitual en hogares religiosos y en menor medida en hogares laicos. Tal como señala Emilio García Méndez (1993), el tratamiento institucional de los niños y adolescentes victimas de delitos y de aquellos que los cometieron, son similares. En palabras del autor: “..